La chispa atraviesa la ciudad y entra en los patios y jardines interiores que siempre han sido el corazón secreto de La Laguna. Los laureles, las buganvillas y los naranjos parecen moverse ligeramente cuando la luz se posa sobre ellos. Las casonas coloniales, con sus balcones de tea y sus ventanales, se llenan de reflejos dorados. Allí la chispa descubre que la arquitectura no solo protege del viento, sino que guarda la memoria de familias, viajeros, comerciantes y estudiantes que han habitado la ciudad durante siglos. Todo respira a la vez: luz, piedra y naturaleza.
CAPÍTULO 4 – Los jardines que respiran



